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jueves, 16 de diciembre de 2021

La azotea

Las danzantes hojas de los árboles del parque proyectaban azarosas sombras sobre nuestros cuerpos tumbados en la cama. Sus vaivenes rítmicos y sensuales y su silbante melodía conjugaron un bello canto de sirena que me hipnotizó. Era una noche plateada y cálida, misteriosa y de espíritu vibrante y sucumbí a su reclamo cual marinero hechizado. Me levanté de la cama, cogí una silla plegable y una manta, subí a la azotea y me zambullí en la noche.
Me sentí bienvenida: el gran teatro celestial estaba representando su función inmutable como cada día. Estrellas y planetas bellamente engalanados actuaban discretamente en un segundo plano mientras en el primero monologaba mágica y pletórica la gran protagonista de la noche, la luna.
Comencé a divagar sobre mi insignificancia y la de todos los hombres y mujeres que, dirigiendo sus miradas al mismo cielo, siempre distinto pero siempre el mismo; compartieron, comparten y compartirán mis mismos pensamientos. Es el eterno devenir al que estamos sometidos.
De pronto se abrió la puerta de la azotea: mi compañero de cama tampoco podía dormir. Me levanté, nos besamos y nos acercamos al alféizar. Dirigimos la mirada hacia el abismo que se abría bajo nuestros pies cambiando la apabullante, estática y poética inmensidad del universo por lo mundano. Se intuían diminutas, insignificantes personitas caminando lánguidamente por las calles. ¿Es eso lo que somos? Pequeñísimos granos de arena irrelevantes cayendo de un lado del reloj al otro.
Finalmente, dirigimos nuestras miradas al frente: en la oscuridad de la noche cientos de pequeñas luciérnagas brillaban en el horizonte. Tras cada luz se escondía una familia, un grupo de amigos, o una persona solitaria esperando el sueño y el olvido. Algunas eran blancas, frías y fluorescentes, como de oficina, tratándose quizás de alguien trabajando hasta tarde para conseguir un ascenso. Otras eran más cálidas y acogedoras: niños jugando hasta tarde por ser su cumpleaños. Por allí algunas centelleantes: velas alumbrando el amor de una pareja; y por allá algunas oscuras, no siendo luz lo que alumbra sino un devenir de bellas imágenes orquestadas por un genio para el disfrute de los cinéfilos.
Así charlamos largo rato y, cual dioses benevolentes, dimos vida a cada una de una a una a todas aquellas luces.

viernes, 23 de abril de 2021

Después de la tormenta

 

He decidido pasearme por un cuadro de Friedrich; se llama «Después de la tormenta» (Efter stormen). La playa silvestre, terrosa, acoge y oculta los restos de un naufragio; el esqueleto de un barco con su mástil en ruinas, sin velas, ni viento; parece un insecto aplastado, recortado por las nubes apagadas y tristes del declive del día. Parece el entierro de la nostalgia de Ulises. Unas gaviotas quieren volar, blancas, lejos, muy lejos. Parece un eco.


Caspar David Friedrich, CC0, via Wikimedia Commons


martes, 9 de abril de 2013

Día de playa



Se sentía completamente feliz. El sol brillaba como si estuviera más cerca, con una luz clara y suave que se volvía naranja en sus párpados cerrados. No había nada como secarse al sol después del baño: escalofríos de placer recorrían su piel con cada golpe de brisa. En sus oídos, las olas pronunciaban su discurso rítmico y ancestral.

Antes, en el agua, había sido muy divertido: había muchas olas oscuras que al llegar a ellos se volvían casi turquesa y espumaban, y habían estado intentando cogerlas. También había sido romántico. Él la había abrazado fuerte, muy  fuerte, como si temiera que una ola se la llevara lejos de él, mar adentro, para siempre. Y sus ojos destellaban. También había estado leyendo, y había leído la frase «en el semisueño de la prisa» y le había encantado.

Sí, era feliz. Y mientras permanecía así, tumbada al sol con los ojos cerrados, imaginó que justo debajo, muy debajo de donde estaba, separado por capas geológicas formadas de arena y rocas, había un túnel del metro por el que circulaba un tren. Imaginó un vagón casi vacío; la luz fluorescente iluminaba el rostro de un joven asiático, quizás japonés, que quería suicidarse. Y se preguntó si ese joven sabría que esa línea de metro terminaba en el fondo del mar. 



Texto: © Desirée Lucas Carmona