Las danzantes hojas de los árboles del parque proyectaban azarosas sombras sobre nuestros cuerpos tumbados en la cama. Sus vaivenes rítmicos y sensuales y su silbante melodía conjugaron un bello canto de sirena que me hipnotizó. Era una noche plateada y cálida, misteriosa y de espíritu vibrante y sucumbí a su reclamo cual marinero hechizado. Me levanté de la cama, cogí una silla plegable y una manta, subí a la azotea y me zambullí en la noche.
Me sentí bienvenida: el gran teatro celestial estaba representando su función inmutable como cada día. Estrellas y planetas bellamente engalanados actuaban discretamente en un segundo plano mientras en el primero monologaba mágica y pletórica la gran protagonista de la noche, la luna.
Comencé a divagar sobre mi insignificancia y la de todos los hombres y mujeres que, dirigiendo sus miradas al mismo cielo, siempre distinto pero siempre el mismo; compartieron, comparten y compartirán mis mismos pensamientos. Es el eterno devenir al que estamos sometidos.
Me sentí bienvenida: el gran teatro celestial estaba representando su función inmutable como cada día. Estrellas y planetas bellamente engalanados actuaban discretamente en un segundo plano mientras en el primero monologaba mágica y pletórica la gran protagonista de la noche, la luna.
Comencé a divagar sobre mi insignificancia y la de todos los hombres y mujeres que, dirigiendo sus miradas al mismo cielo, siempre distinto pero siempre el mismo; compartieron, comparten y compartirán mis mismos pensamientos. Es el eterno devenir al que estamos sometidos.
De pronto se abrió la puerta de la azotea: mi compañero de cama tampoco podía dormir. Me levanté, nos besamos y nos acercamos al alféizar. Dirigimos la mirada hacia el abismo que se abría bajo nuestros pies cambiando la apabullante, estática y poética inmensidad del universo por lo mundano. Se intuían diminutas, insignificantes personitas caminando lánguidamente por las calles. ¿Es eso lo que somos? Pequeñísimos granos de arena irrelevantes cayendo de un lado del reloj al otro.
Finalmente, dirigimos nuestras miradas al frente: en la oscuridad de la noche cientos de pequeñas luciérnagas brillaban en el horizonte. Tras cada luz se escondía una familia, un grupo de amigos, o una persona solitaria esperando el sueño y el olvido. Algunas eran blancas, frías y fluorescentes, como de oficina, tratándose quizás de alguien trabajando hasta tarde para conseguir un ascenso. Otras eran más cálidas y acogedoras: niños jugando hasta tarde por ser su cumpleaños. Por allí algunas centelleantes: velas alumbrando el amor de una pareja; y por allá algunas oscuras, no siendo luz lo que alumbra sino un devenir de bellas imágenes orquestadas por un genio para el disfrute de los cinéfilos.
Así charlamos largo rato y, cual dioses benevolentes, dimos vida a cada una de una a una a todas aquellas luces.
